*Petra Flores*
Nace Petra en llanto ardiendo,
sin el apellido que la ampara,
y aunque la pobreza la encara,
su vida la va puliendo.
Con muchas voces va creciendo,
aprendiendo a ser altiva;
lleva la aurora en el alma,
lleva el trueno en la mirada,
y escribe, niña obstinada,
el destino con calma.
Con un bisturí y mucha osadía
le abren el pecho desafiando al destino;
regresa, como tambor genuino,
más fuerte al otro día.
Late su sangre y decreta
que la muerte haga distancia;
cicatriz hecha constancia
de que el dolor no la hereda:
quien renace en roja seda
convierte el miedo en constancia.
Esposo de paso incierto,
chagas y derrumbes;
Petra alza con firmes brumbies
seis vidas y un techo abierto.
En su jornada de hierro
cose el pan, cose la herida,
desayuna la partida,
cena un rezo sin temblar,
y al alba vuelve a forjar
la dignidad perseguida.
Si la fiebre ve llegar
la retrocede a su guarida;
su palabra es agua ungida,
su aguja promete salvarla.
Los ranchos aprende a honrarla,
pues vive quien la recibe;
cada niño que revive
es candil sobre la aldea,
y a cada muerte le crea
salmos vivos que proscribe.
Con sarcasmo fino y leve
lanza espinas de alegría;
su risa, filosofía
que al ignorante le llueve.
Declama, su verbo mueve
coplas de Aquiles y de Duarte,
y así la tertulia hace valuarte;
su memoria como un manantial,
convierte al ingenio en puñal
y en caricia en el misma cantar.
Cuando imploró al Dios
del cielo por dormir
sin despertarse,
la aldea quiso abrazarse
a su sombra y su consuelo.
Más de una década lleva en vuelo,
y aún el viento la menciona;
cada nieto que razona
porta su luz encendida:
tambor que niega la huida,
corazón que ella no abandona.
Por: Eduardo E. Zambrano I © Junio 2025
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