Llueve y el Vigía se baña despacio,
con esa llovizna que moja hasta el alma,
en el porche —con el recuerdo— resuena la voz de mi abuela
mezclada en el canto que deja la calma.
Dos árboles grandes guardaban la entrada
de la casa vieja, testigos silentes
de juegos y rezos; ya no están, lo sé…
pero a veces me buscan cuando la lluvia acaricia mis huesos.
Hoy, al frente de mi casa, el samán se alza con ternura,
bañado de cielo, paciente, sereno,
y el alba lo toca con dedos de azúcar,
como si el tiempo le hablara en lo pleno.
Café entre las manos, calor de mi casa,
el eco de risas que ya no están cerca,
familia grande, mantel y alboroto,
recuerdos que laten… y nunca se sueltan.
Y aunque uno se marche, la tierra no olvida,
ni el barro, ni el canto, ni el beso al partir;
hay algo en la patria que abraza de vuelta:
la sangre y el suelo me hacen vivir.
Eduardo E. Zambrano I. © Junio 2025
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