Preámbulo:
Las madres en mi casa, como en tu casa no son una lista vacía: son territorio, son senderos sin fin, son maestras, son milagros que logran siempre lo imposible. Cada una tiene su historia, una herida con nombre propio, cada una tiene su manera de decir aquí estoy!, sin palabra alguna. I Gloria a las antecesoras!. Maita sembró paciencia bajo la tierra dura, tejió el mundo con sabiduría y levantó una familia con altivez, matriarca que dejó legado de gran valuarte. Y Bárbara —oh, Bárbara— tuvo en el pecho un sol que no pedía ayuda para alumbrar, porque hay mujeres que hacen la historia sin un solo reproche, con las manos vacías pero el corazón hinchado de ese «guáramo» callado que nunca se rinde. No había paciencia en ella, y el idioma de su amor no conocía caricias; pero la guía constante, el trabajo incansable, el sacrificio por mantener el hogar, las puertas abiertas para recibir al necesitado: eso hablaba —oh, sí— eso hablaba de lo amorosa que era, de todo lo que tenía para dar en su escasez. II Antonia María y María Antonia: son dos mujeres, pero un solo latido. Son dos remos en el mismo bote: son compromiso que no negocia, su dedicación no descansa, su entrega no pide nada a cambio, son un -Sí!- que antecede cualquier jornada,están ahí para cualquier urgencia.
Nelly, bohemia, vida sin arrepentimiento,
doblegar? ja!, ni a la muerte.
nos regaló alas sin miedo al viento;
por eso duele su ausencia,
como una canción que se quedó a medias,
como un verso que el aire no terminó de llevar.
Maritza, madre de todos,
tejió la red que a todos atrapa
y al mismo tiempo sostiene,
el puerto seguro al que siempre se regresa
aunque el viaje haya sido torpe.
Y Hermila:
ella desparrama su risa
como si la alegría fuese el único dogma posible,
como si Dios mismo hubiera aprendido a reír
mirándola a ella.
Ellas son, ahora, las ancianas de la estirpe,
son ahora raíces de raíces
esas que no vemos
pero sabemos que sostienen
cada árbol de este bosque.
III
Y más atrás —o más adelante,
realmente no importa el sitio,
lo que importa es el fuego—
otras madres:
sus hijas, sus nietas,
cargan el mismo rescoldo en distinta cocina,
porque este poema no termina,
no puede terminar,
no terminará nunca.
Apenas se inclina,
como un hijo que aún sabe arrodillarse,
ante la hilera infinita de mujeres
que, sin aspavientos,
pero con arduo trabajo y dedicación,
hacen del mundo
un lugar donde todavía —todavía—
podemos llamarnos familia.
*Eduardo E. Zambrano I.- © - 10 de Mayo 2026*
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