sábado, 28 de junio de 2025

Héroe sin capa

Héroe sin capa

Para Jesús Zambrano

 

Nació de pie, —susurran los vientos— 
como quien sabe que había que ponerse firme,
como si supiera de antemano que la senda venía cuesta arriba.
No hubo pañales de seda, ni cuna bordada:
solo barro virgen, manos jóvenes que lo amaban,
un pie ya asomado, su arribo anunciando.
Y desde entonces, libre, sin cadenas, el mundo lo sabe:
anda en la vida sin pedir permiso.
 
Su infancia, un hogar sin tregua ni paz,
más de sombras que de cuentos, donde la noche era larga
y el patio, inmenso como el mar.
Mas la luz precisa ardía para forjar en él valentía.
Aprendió a caminar de frente, rostro al vendaval,
cuando el abuelo en la penumbra lo dejó,
él volvió, inquebrantable y sin temblor;
con la verdad a cuestas y la frente limpia.
 
Cada arepa se ganaba con sudor y escoba en mano,
los juguetes venían rotos, heridas de otra niñez.
Él los reparaba y así nacían milagros entre sus manos de niño.
Cada remiendo, un parche de oro pegaba a su infancia.
Nada le fue fácil, todo le supo a lucha,
y aún así —o por eso— aprendió a resistir.
 
No fue niño cantor, fue combatiente de batallas cotidianas, 
un soldado forjado en la responsabilidad.
Jamás vistió toga, pero con trabajo y su silencio
pagó la sabiduría ajena.
Fue vendedor, ofiboy, botones, jornalero, gerente,
y en cada oficio, maestro.
Sin diploma alguno me ha enseñado más que cien salones.
Se hizo hombre antes de tiempo, pero la vida no le robó el alma;
no dejó que eso le robara la ternura.
A sus hijos, una verdad grabó:
“Tu apellido es mamando, y tu nombre, tu orgullo;
tienes que forjarlo, tienes que pulirlo bien.”
 
Nunca lo verás brindar con la niebla del ron;
prefiere la claridad a la confusión,
lúcido como sus principios, limpio como su honor.
Nunca lo vi pedir más de lo que podía entregar,
no lo vi esconderse tras sus errores— los enfrentó,
los corrigió, los convirtió en lección.

 

El día en que volví, tras años de distancia,
me dio un abrazo con fuerza, de padre que esperó de pie.
Luego de la emoción y del llanto ante todos,
se secó los ojos y tras una excusa torpe que mi mente no recuerda, comento:
“¡Esto no se hace! ¡No me pongas a llorar delante de los nietos!”
Un roble, se le llama, no por su tronco inquebrantable,
sino por saberse sostén imperecedero
sin quejas bajo el peso del mundo.

 

No es perfecto, ¡ni falta que hace!
Con lo que tiene, levantó techo donde solo hubo abismo,
sembró mesas donde hubo soledades,
remendó ausencias con hilo de ejemplo.
Y erigió familia, porque era lo correcto, porque era su ley.
Con cada palabra, un mapa imborrable nos traza,
un sendero arduo, difícil de seguir:
haz lo correcto, sin que te importe el qué dirán,
entrega lo mejor siempre,
sé el mejor en lo que sea que hagas.
Y cuando la vida duela, párate firme,
que jamás te quiebre, jamás te rindas.
 
A veces lo miro y veo eso que no tiene nombre,
ese secreto que habita en su mirada,
ese algo que huele a raíz y a fuego lento:
la mezcla exacta de ternura y coraje indomable,
el molde del hombre que me enseñó que amar
es hacerse cargo del mundo,
sin esperar un ecos, ni cafés en la mañana.
 
Mi papá. Nuestro referente.
Ese héroe sin capa
que nos dio el mundo a pedacitos…
ese hombre que nunca se guardó, ni una miga,
ni un solo trozo del mundo para él.

 

 

*Eduardo E. Zambrano I.- © - Julio 2025*

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